ANTONIO UBALDO RATTÍN


Antonio Ubaldo Rattín
Antonio Ubaldo Rattín

Los nombres que vamos sacando de adentro del baúl glorioso del historial boquense, lleva a encontrarnos con hombres que son algo más que jugadores de fútbol o craks. Son ídolos que siempre llevan en el rincón del Nº 12 un recuerdo preciado, valioso, que adquirió con su entrega por los colores azul y oro. La voz del estadio iba dando monótona la formación del equipo. Uno a uno desfilaban los nombres que poco después se jugarían por los puntos. "Con el 5 Ratiiiiiinnnnn...!" Cuando apenas pronunciaba el número de la camiseta el murmullo aumentaba hasta hacerse explosión. El ídolo, el hombre que marcó dentro de la historia boquense una época con su apellido, estaría con su presencia inconfundible en el centro del campo. Haciéndose patrón en el medio juego, dueño exclusivo de esa importante porción de campo por su personalidad y temperamento.

Debutó en primera división en la segunda rueda del campeonato de 1956 frente a River Plate. La patriada que se jugaba ese muchacho delgado, de andar pesado y desgarbado, no era de las fáciles. Enfrente estaban nada menos que los rivales de siempre, y defeccionar allí era poco menos que sumirse en la frustración. Pero, además, la tarea que le tocaba en el reparto era nada menos que suplantar a Eliseo Mouriño, uno de esos hombres que la tribuna no discute jamás. Y fue recibido con el nombre de aquel como himno de desafío a la actuación que tenía que cumplir. Boca ganó 2 a 1 y Rattín cumplió con su trabajo sereno y sobrio, tal como se lo había pedido Mario Fortunato, quien lo promovió a primera división. Alternaría con frecuencia en el primer equipo, siempre con la sombra de Mouriño en la voz del hinca pero con la palabra confiada de Eliseo para su tranquilidad. Cuando ya era dueño de la Nº 5, fueron los dirigentes los que trajeron hombres para cubrir la vacante de centrojás. A su turno llegaron a la ribera Néstor Isella, Julio Novarini, Alcides Silveira, Norberto Schandlein y el brasileño Dino Sani. Nadie pudo sacarlo del puesto. Se lo había ganado para siempre.

Para muchos fue el último o uno de ellos, caudillo del Río de la Plata. Esa misión imperceptible que cumplía un hombre dentro de la cancha en favor de su equipo. Montero Castillo, en Nacional de Montevideo, fue otro de los que les discutía el rótulo. Pero quizá, todo eso sea propio de una maquinación hecha en la tribuna nada más. O tal vez, tal competencia

no existió.
Porque pocos son los hombres que son admirados y respetados por los rivales. Pelé, el incomparable jugador que se encumbró en el estrellato futbolístico en la primera parte del siglo veinte con sus extraordinarias condiciones, siempre lo respetó y admiró. Cada vez que la "Perla Negra" llegaba a Buenos Aires, invariablemente preguntaba: "¿Cómo está Rattín?" "¿Cómo está jugando?". Muchos recuerdan que aquella actitud del inolvidable brasileño comenzó la noche que por las copas Nacionales, cuando Pelé fracturó el tabique nasal de Mesiano, su implacable marcador. Rattín se acercó al entrenador Minella y le dijo: "Al 'negro' lo agarro yo. Que entre Telch y que vaya arriba". La táctica que planteaba Rattín dio excelentes dividendos, ya que Pelé desapareció del partido y Telch convirtió dos goles decisivos. En un corner, el moreno le dijo: "Rattín, sin la pelota no. Con la pelota dame todas las que quieras. ¿Estamos?". Ni lerdo ni perezoso, el patrón de Boca le contestó: "Quedate tranquilo. Cuando yo la agarre no te voy a hacer nada. Ahora sí, preocupate por no agarrarla vos, porque cuando te vea con la pelota, te reviento..." La enemistad que había dentro del campo de juego se convertía en un abrazo inmediatamente cuando finalizaba el encuentro. Dos grandes se estrechaban sinceramente después de la batalla.

Antonio Ubaldo Rattín nació el 16 de mayo de 1937, en Campana. de familia que había emigrado de Italia, la humildad de su infancia, hizo que cuando el dinero llegara a su poder a través del fútbol, lo cuidaba con celo. La multiplicó con inversiones que hoy lo erigen como un próspero negociante. A los cinco años ya era considerado un hombre ducho en los caminos del río. Manejaba con destreza una pequeña canoa, recorriendo a diario los riachos del lugar, llevando a destino ropa de obrero que lavaba su madre. En el silencio de la zona crecía su amor por Boca.

Una tarde llegó a la isla un hombre que hacía mudanzas por los riachos del Delta. Le pidió colaboración, sin retribución alguna. "Plata no hay, me pagan poco y no puedo repartir lo que gano, pero puedo darte algo que te puede interesar". La oferta consistía en un cuadro con la foto del campeón de 1943. Para el avezado purrete del río, eso era mucho más que una pila de billetes. Remó y remó hasta ganarse el trofeo.

Se trasladaron sus padres al Rincón de Milberg, porque en la escuelita de la isla sólo se dictaban clases hasta el cuarto grado. Allí vivió su primera frustración, la venta del bote que había sido su primer gran compañero. Su primer amigo. poco antes de terminar la primaria, su profesor de Educación Física lo incluye en el equipo escolar para participar en el Campeonato Evita de 1951. Le preguntaron de qué jugaba. "Insider derecho", fue su respuesta

segura. Intentaron colocarlo como centro delantero, pero se negó. Marcó cinco goles en el primer partido y quedó como titular de Santa Magdalena. Después vino una prueba en vano en Racing Club. "Me dijeron estaba completo y que tenía que seguir esperando". Tigre lo incluye en varios partidos con nombres supuestos hasta que se abriera el Libro de Pases. Ernesto Duchini, eterno buscador de chiquilines con condiciones, trató de llevarlo a Chacarita Juniors. Tigre aumentó la oferta, la superaron los tricolores, el club de Victoria equiparó la oferta. Ninguno de los dos logró su propósito. Imprevistamente llegó Bernardo Gandulla y se lo llevó para Boca Juniors. "Acepté Boca por las posibilidades que tenía y porque era nada menos que Boca". Veinte pesos son los que paga la entidad de la ribera para quedarse con el pase  de ese hombre que daría tantas satisfacciones al club.

Rattín y Varacka
Luego de un superclásico, Rattín saluda a Varacka

Cuando debutó en un amistoso con Racing Club, a principios de 1955, tuvo que jugar en zapatillas porque el utilero no consiguió un par de botines 45. Confirmado  como titular de la quinta división, escaló rápidamente las divisiones menores hasta afincarse en la reserva, campeona de 1956. Integrando con Marinovich, Héctor García, Ayala, Di Gioza, Schiro, Chávez, Bellomo, Mansilla, Rodríguez y Senés un conjunto inolvidable, pero de fuerzas que al poco tiempo se enlazarían con los brillos de la primera división.

No habría término que pudiera definirlo dentro del campo de juego con facilidad. Caudillo era la expresión que mejor lo caracterizaba. Imponía su juego con la fuerza de su personalidad, con ese temperamento indomable que poseen los hombres que no saben perder. Su estampa parecía achicar a los rivales, tanto cuando retrocedía llenando espacios por donde podía canalizarse una jugada de peligro, o cuando su tranco seguro lo llevaba hasta las proximidades del área para distribuir juego claro para sus delanteros. Sin hacer valer condiciones técnicas destacadas, era de temer cuando se metía en el área por la precisión de su cabezazo. 26 fueron los tantos oficiales que logró para Boca. 352 fueron los partidos que defendió los colores azul y oro. 32 veces defendió la casaca celeste y blanca. Protagonista principal de la eliminación argentina a manos de Inglaterra en 1966, tuvo también tardes en el seleccionado argentino donde las cosas no salieron como hubiera querido. Fue en el Mundial de Chile, cuando tuvo una desinteligencia con el entrenador Juan Carlos Lorenzo. Este le asignó una función múltiple ante Inglaterra (Argentina perdió 3 a 1) y le entregaron la casaca Nº 8, donde debía armar el equipo, pegarse como estampilla al número diez inglés, Haynes, punta de lanza neta del equipo británico. Así recuerda Rattín aquella tarde del Rancagua: "Al diez no lo agarraba ni con una motoneta. Si me mandaba al ataque y era frenado, los ingleses mandaban el pelotazo por arriba mío que me dejaba pagando". La reivindicación vino un tiempo después cuando le fue confiada la plaza de centrojás en la selección.

Jugó su último partido para Boca en 1970, cuando luego de un partido con Banfield sintió que las piernas le pesaban. "No sigo más". El adiós se produjo una noche de agosto midiéndose boca con el Resto de América. 1 a 1 fue el marcador final y en el segundo tiempo fue reemplazado por Bongiovanni. En 1980 retornó a la Boca, esta vez como director técnico del primer equipo (ya había actuado como coordinador de las divisiones inferiores). "Que voy a volver, si yo nunca me fui", dijo cuando se hizo cargo del plantel. Recibió un equipo gastado física y anímicamente que no estaba en plenitud al comienzo del torneo. Cuando las derrotas hacían temer sobre el futuro no escondió su palabra para dar una respuesta a las preguntas intencionadas. "Yo no ofrecí campeonatos. Yo ofrecí trabajo, nada más". El equipo se recuperó, aunque nunca dio más de lo que podía dar. El número doce respetó siempre la presencia de su ídolo en el banco de suplentes. La trayectoria y la sinceridad de Rattín no merecían ser propietarios de un reproche o un insulto. Siempre sigue siendo el patrón de la Boca.


Ampliación de biografía



Antonio Ubaldo Rattín

FRUTO DE NUESTRA PROPIA HUERTA

El profesionalismo impone normas que suelen estar en franca pugna con los sentimientos. Y hasta nos atreveríamos a decir que con la lógica. Una razón de elemental sentimentalismo nos llevaría a preferir a todos los hombres llegados de otras latitudes futbolísticas, los cultivados en nuestros propios canteros.

Y en lógica también elemental tiende a llevarlos al convencimiento de que no hay motivos verdaderos para creer que la semilla ajena tenga necesariamente que dar mejores frutos que la nuestra.

Rattín es el único producto de fabricación casera que tenemos en el equipo superior, con carácter profesional, por supuesto, ya que otros pibes de las inferiores han merecido últimamente al ascenso circunstancial. Y nos duele - debemos reconocerlo - saber que si todavía tenemos a Rattín es un poco por milagro.

El tradicional descreimiento de los dirigentes por lo que no tiene etiqueta de importación, los llevó varias veces a buscarle reemplazante. Alguno de ellos de la suprema excelsitud de Dino, uno de los hombres más indiscutidos del fútbol universal.

Pero Rattín resistió todos los embates y se mantuvo. Y como su permanencia no es el fruto de ninguna graciosa concesión ni de cordiales complacencias, ello destaca el grado de su mérito. No es solamente el mejor 5 que pisa nuestras canchas. Es también uno de los mejores dotados que ha dado el fútbol argentino de muchos años a esta parte.

Tiene el físico ideal para el puesto. Alto, delgado y fuerte como un roble. Pero el físico significa en realidad muy poca cosa de no estar acompañado por una capacidad técnica de verdadera excepción. Rattín, cuando advino al plano de la popularidad, trata consigo una carga de predestinación.

Recordemos su debut. En el año 1955 estaba en la quinta. Venía de un baldío, donde lo descubrió el ojo experto de "Nano" Gandulla. Un año después -1956- pasó a una tercera que iba a hacer historia. Previamente a la iniciación oficial de esa temporada, la tercera hizo una gira por ciudades de la costa atlántica.

Angelillo iba en ese equipo. También Rattín. Promediaba el año 1956 cuando fue llevado a primera, conjuntamente con el "Yaya" Rodríguez y el zurdito Senés. Un partido contra River verdaderamente inolvidable. Rattín se encargó de Labruna, que brillaba con postreros, pero aún poderosos resplandores. Y el chico que pocos meses atrás estaba en la quinta, se deglutió al hombre de la genial veteranía.

De los tres pibes ascendidos ese día, Rattín y "Yaya" eran las dos cortas firmes de futuro. Senés, un puede ser. Fue el "Rata" quien confirmó de manera plena las previsiones de los entendidos.

Hoy es la única carta del mazo boquense -Puebla y Pezzi al margen- que aparece en el baraje del primer equipo. Y eso es acaso lo más importante: que se ofrezca como la demostración palpable de que nuestras divisiones inferiores  son como esos ríos  que arrastran pepitas y polvo de oro en su corriente. lo único que se necesita para que ese oro quede en las manos es saber poner la zaranda.

Que su ejemplo sirva para que haya quienes se preocupen por pulir los muchos otros diamantes que afloran en la misma cuenca.

Fuente: Así es Boca (1962)



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