Potente y García Cambón


Eran incontenibles e incontrolables.
Uno de ellos, petiso y retacón, parecía tener ojos diseminados por todo su cuerpo y contaba con un talento infinito: para lograr que la pelota siempre llegara a él, para administrarla a su antojo y para fabricar el hueco justo que dejara al compañero en inmejorable posición de tiro, en la corta o en la larga. Inteligente al extremo, sus "censores" resolvían la jugada segundos antes de recibirla, cuando no sólo se habían percatado de la posición de compañeros y rivales en el terreno sino que habían radiografiado hasta la excitación de una tribuna encantada por sus movimientos.
Pasó por la vida del club entre 1971/75 y 1979/80. Sus primeros cinco años fueron pletóricos de fútbol. Dio "recitales" sobre armado y conducción en jornadas donde la retaguardia rival le descargaba un "fuego" más cerrado que el del Desembarco en Normandía; porque si le iban con armas leales hubieran dejado jirones de pantalones, a fuerza de gastar dos o tres de ellos en "arar" la cancha.
Le decían "Patota", fue uno de los grandes hallazgos del semillero boquense y, como cerebral jugador que era, no usó otra camiseta que no fuera la diez.
Eran incontenibles e incontrolables.

El otro, alto y flaco, era el señorío con pantalones de fútbol. Jugador fino y elegante del tipo "...no me pidan que cabecee...", derrochaba calidad y jerarquía en cada sector del campo por donde se movía. No era punta ni armador, más bien un "media agua" que hacía ambas cosas con notable facilidad. Ideal para el juego lujoso y asociado - lo de él nunca sería la marca y la transpiración, en el sentido metafórico de la palabra -, se enrolaba en la exquisita estirpe de jugadores que siempre juegan con la cabeza levantada; a punto tal que parecía deslizarse encima de un caballo blanco, como si en vez de una cancha de fútbol estuviera en un desfile...
Vistió tres temporadas la camiseta del pueblo entre 1974 y 1976; se había iniciado en Chacarita Juniors de donde traía "credenciales" de campeón en 1969 y el destino le tendría reservado un lugar eterno en la memoria boquense, a prueba de estaciones.
Se ganó el apodo de "El Verdugo", lo pusieron de "8", de "5" y de "10" aunque la mayoría de las veces fue "9", y el mismo día de su debut en Boca la historia le dijo: "Venga hijo; siéntese al lado de papá"
Eran incontenibles e incontrolables.

El Nantes se había llevado a Francia los 68 goles del cordobés Curioni en cuatro años; y el 03 de febrero de 1974, aún con restos de arena en las zapatillas, los habitantes de la Bombonera se preguntaban quien la metería; sobretodo en esa primera fecha del Metropolitano... donde el rival era River.
Boca se había desprendido de un goleador nato y había traído en su reemplazo a un aristócrata de la pelota. La escena puede imaginarse esa misma tarde, en los viejos vestuarios del Coliseo, minutos antes del clásico:
"Mucho gusto"; dijo el uno, devenido en anfitrión.

"Encantado"; respondió el otro, lejos de sospechar cuan rápido levantaría el pagaré de su compra.
Fue uno de esos días mágicos, que sólo se conciben en el imaginario de un soñador. El flechazo futbolístico entre ambos fue instantáneo: un "flash" dirían los adolescentes de futuras generaciones dándole rienda suelta a sus devaneos amorosos; "toneladas de calidad pura" conceptualizarían los cronistas de la época, con los pies

  algo más sobre la tierra.

A los 2' de partido, el debutante aprovechó un error de Pena tras un pelotazo largo de Tarantini y se fue solo sobre las barbas de Fillol con toda la zaga riverplatense corriéndolo detrás. Cuando el arquero le salió al encuentro pisando la medialuna del arco de Brandsen, el susodicho afiló la guadaña ajusticiándolo con un disparo seco sobre su palo izquierdo... porque eso hacía con los arqueros rivales: ajusticiarlos. Acto seguido y aprovechando el envión de su carrera, salió disparado sobre los viejos carteles de Tompson & Williams pegados a la tribuna social, perseguido por el uno y otros tantos, en una postal de festejo imperecedera.
Ya está. Había dejado su primera marca en el amanecer del clásico: de ahí en más y por su obra y gracia, lo de River sería un calvario.
Eran incontenibles e incontrolables.
Faltando veinte minutos para el final la cosa estaba planteada en estos términos: Boca ganaba 4 a 2, con tres goles del debutante y el restante del Demonio de Campana, Enzo Ferrero - si Ud. quiere amigo, puede ponerse de pie - mediante la ejecución de un tiro penal.
A esa altura, el uno y el otro se buscaban en la cancha como el Juez a la Verdad. Habían armado mil paredes y enhebrado las mejores perlas de un collar futbolístico de excepción. Sus compañeros actuaban por contagio (el Chino Benítez y Marcelo Trobbiani tiraban caños y sombreros); al conjuro de ambos la defensa de River no sabía si era Carnaval o Año Nuevo...y hasta se escuchó a Pipo Rossi, el DT visitante, gritar desde el banco: "Paren el mundo; me quiero bajar"
Es más; se decía que el fondo millonario estaba haciendo una "fumata" para decidir quienes salían a marcarlos cada vez que venían con pelota dominada.

En eso andaban cuando Claudio Casares - un volante de contención que había entrado por Trobbiani - combinó con el petiso retacón a cuarenta metros del arco de Casa Amarilla, debajo del atalaya de los viejos palcos. El cerebro de la ribera buscó casi por telepatía al alto y flaco, quien a fuerza de hablar el mismo idioma durante todo el partido, se la devolvió en la corta. El uno había quedado de cara a los palcos y de espaldas al arco, en posición de "8", aunque antes de recibirla ya había "monitoreado" hasta "el último chingolo" que se movía en "la pampa" de la Boca.

Sus luces funcionaron a pleno: metió el tacazo en diagonal para la entrada del otro, quien venía llegando por el medio lanzado en velocidad, tocando bocina.
El debutante pasó con singular limpieza entre Coll y Quique Wolf, esquivó a Fillol sobre su mano derecha con elegancia taurina y le hizo un pase a la red con fragilidad de gacela.
Sublime. Épico. Conmovedor.
En la cabina; Bernardino desfallecía en el grito de gol ante tamaña visión.
En la cancha; se había consumado la pared más bella, la más perfecta: la "química" entre ellos quedaba asegurada, remachada, a prueba de balas.
En la tribuna; la gente hacía gala de su afonía.
El público le pediría cuatro goles cada domingo de su vida luego de semejante presentación; cosa que solo podía entenderse como un absurdo.
Se dijo que Boca, Rubén Osvaldo Potente y Carlos María García Cambón no olvidarían nunca el 03 de febrero de 1974.
Es cierto. Nunca lo hicieron.

Hace unos días, Rubén Sánchez, arquero y referente de ese proceso, me dijo: "Yo atajé en el Boca más ofensivo de la historia", haciendo alusión al campeón del '69 pero fundamentalmente al Boca de Rogelio Domínguez. "Fijate que de once sólo sentían la marca tres: Pernía, Nicolau y Rogel. Tarantini vivía yéndose al ataque. Todos los otros eran jugadores para la construcción y la definición"
Parafraseando a Don Laguna, sabias palabras las del gran arquero boquense.
Aquél Boca modelo '73, '74 y '75 fue un homenaje al buen gusto y a la armonía; un canto a la estética y a la belleza trasladadas al fútbol.
Fue reivindicación del que inventaron los maestros del arte criollo y tumba de los que pisaban una cancha como si fuera un campo de batalla.
Fue la ternura de la madre, la inocencia del primer beso, la felicidad del primer hijo, también el desconsuelo del desamor.
Aquél Boca, en suma, fue la hermosa libertad de jugar aún en desmedro del objetivo, porque le faltó salir campeón.
Quizá para que los "fabricantes de resultados" entiendan, de una vez y para siempre, que si la historia la escriben los que ganan... eso quiere decir que hay otra historia.


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