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Potente y García Cambón |
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Eran incontenibles e
incontrolables.
El otro, alto y flaco, era el señorío con pantalones de fútbol. Jugador fino y
elegante del tipo "...no me pidan que cabecee...", derrochaba calidad y
jerarquía en cada sector del campo por donde se movía. No era punta ni armador, más
bien un "media agua" que hacía ambas cosas con notable facilidad. Ideal para el
juego lujoso y asociado - lo de él nunca sería la marca y la transpiración, en el
sentido metafórico de la palabra -, se enrolaba en la exquisita estirpe de jugadores que
siempre juegan con la cabeza levantada; a punto tal que parecía deslizarse encima de un
caballo blanco, como si en vez de una cancha de fútbol estuviera en un desfile...
El Nantes se había llevado a
Francia los 68 goles del cordobés Curioni en cuatro años;
y el 03 de febrero de 1974, aún con restos de arena en las zapatillas, los habitantes de
la Bombonera se preguntaban quien la metería; sobretodo en esa primera fecha del
Metropolitano... donde el rival era River.
"Encantado";
respondió el otro, lejos de sospechar cuan rápido levantaría el pagaré de su compra. |
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algo más sobre la tierra. En eso andaban cuando Claudio Casares - un volante de contención que había entrado por Trobbiani - combinó con el petiso retacón a cuarenta metros del arco de Casa Amarilla, debajo del atalaya de los viejos palcos. El cerebro de la ribera buscó casi por telepatía al alto y flaco, quien a fuerza de hablar el mismo idioma durante todo el partido, se la devolvió en la corta. El uno había quedado de cara a los palcos y de espaldas al arco, en posición de "8", aunque antes de recibirla ya había "monitoreado" hasta "el último chingolo" que se movía en "la pampa" de la Boca. |
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Sus luces funcionaron a pleno:
metió el tacazo en diagonal para la entrada del otro, quien venía llegando
por el medio lanzado en velocidad, tocando bocina. |
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